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13 Febrero 2012

A lo bonzo

La familia de Mohamed Bouazizi recuerda al fallecido. | Reuters

La familia de Mohamed Bouazizi recuerda al fallecido. | Reuters

Ángel F. Fermoselle | Madrid

Actualizado domingo 12/02/2012 12:34 horas

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A veces, sin siquiera saberlo, sin pretenderlo tampoco, alguien pasa de ser un humano convencional, con sus aciertos y sus errores, con su pesada mochila de frustraciones, con su liviana y a menudo efímera ristra de éxitos, a convertirse en un héroe. Eso le ocurrió a una de las figuras -silenciosas- más determinantes de los últimos tiempos: Mohamed Bouazizi.

Este joven tunecino, harto de las injusticias del régimen de Ben Alí, tras ser una última vez vilipendiado por la policía local, se quemó a lo bonzo frente al ayuntamiento de su ciudad natal.

Su protesta en forma de sacrificio letal y definitivo levantó a la sociedad tunecina contra el dictador, y provocó, más que ningún otro acontecimiento, la apasionante pero también tristemente sangrienta Primavera Árabe. Una revolución que ha modificado, y sigue haciéndolo, el mapa político del norte africano y del Medio Oriente y que, al mismo tiempo, está convirtiendo este mundo en un lugar mejor.

El bueno de Mohamed ya no está a este lado del universo, el que se ve, pero seguro que, si existe el más allá y no es la nada, observará feliz lo que su martirio, generoso y brutal, ha acabado provocando.

Esta semana, para elaborar este Cuadrilátero, había numerosas opciones especialmente atractivas. Una de ellas me recordó a Mohamed. Una mujer envuelta en un terrorífico -para nosotros- niqab negro atiende y consuela a un familiar herido por un francotirador en Yemen. La imagen, que le ha valido a Samuel Aranda el World Press Photo, la mayor distinción posible para un foto-periodista, recuerda por su composición a La Piedad de Miguel Angel. Ojalá a Mohamed, pensé, lo hubieran acunado con semejante ternura cuando estuvo vivo, o cuando estuvo muerto.

Otros asuntos, mucho más terrenales y desde luego más farragosos, se disputaban la supremacía informativa. Desde la eliminación de la carrera judicial de Garzón, que ha sido trasladada a la papelera como se hace con los documentos equivocados o innecesarios en los Macs que nos ha dejado Jobs, a la otra pelea judicial -qué triste, también-, la de Arancha, esa gladiadora que con su esfuerzo y también su talento logró levantar tres coronas en París, y que ahora se enfrenta a su familia, una de las más laureadas de la historia deportiva nacional; pasando, claro, por los últimos acontecimientos de la otra gran familia en proceso -tal vez- de desintegración: la de don Iñaki, para quien la Casa Real quiere ahora un trato preferencial en algunas -¿lógicas?- cuestiones aparentemente menores.

También ha constituido una tentación, no lo voy a negar, escribir sobre los guiñoles de nuestros vecinos del Norte, que se ríen de nuestra supuesta adicción a las drogas dopantes de las que, insinúan tras la resolución del caso Contador, se alimentan nuestros mejores deportistas. No hace falta mencionar -no lo vean si pueden evitarlo-, el patético vídeo que hicieron los galos (algunos) sobre Rafa Nadal, que no es que no tenga ninguna gracia, que no la tiene, sino que además resulta tan hiriente como de mal gusto.

Estos temas y algunos otros han ocupado la máxima actualidad; también el que se refería a que ahora los holandeses no solo pueden fumar felizmente marihuana en sus clubes sin que nadie les afee las caladas, sino que -y esta es la novedad- la legislación va a permitirles morir con toda la dignidad y con el menor sufrimiento en sus casas, como ojalá ocurra por aquí algún -seguro que muy lejano- día.

Todas estas circunstancias, y un par más: la súbita aparición de Rajoy, que como siga dándonos unas noticias tan nefastas cada vez que tiene a bien resurgir de entre -suponemos- sus múltiples obligaciones, casi mejor que siga a lo suyo, sin levantar la mirada del examen, concentrado o ausente, es lo mismo; y la macro reforma laboral, que también tiene lo suyo. Todas estas cuestiones parecían muy dignas, este último viernes, de un buen Cuadrilátero, así que se disputaban el dudoso honor de convertirse en el asunto desmenuzado -y asado- de estas letras dominicales.

Sinsentido común

Pero no ha podido ser, porque se ha producido un asunto que supera a todos los anteriores, y que debería habernos causado a todos la mayor desazón, primero, para después hacer que saltaran todas las alarmas sociales.

Pero nada: ni así nos conmovemos ni preocupamos lo suficiente.

El miércoles, Félix, un agricultor que desempeñaba tareas agrícolas en una masía de La Reva, perdió su trabajo. El jueves se despidió de su mujer al salir de su casa en Ribarroja, Valencia, y se quemó a lo bonzo en un garaje cercano al domicilio familiar.

Las razones exactas que puedan explicar los argumentos suicidas de este agricultor valenciano no tienen una trascendencia tan determinante como, evidente y tristemente, el hecho en sí, para el que no resulta fácil encontrar adjetivos adecuados.

En un país que se acerca peligrosamente a los seis millones de desempleados, perder el empleo -y aún lo van a perder muchos más trabajadores, quizá todavía en mayor número tras el abaratamiento del despido- se convierte en una tragedia de unas formidables dimensiones. El sueldo de Félix, que tenía 56 años y aún un hijo menor, era el único de su familia.

Como afirma Borja Vilaseca en su muy recomendable "El sinsentido común", la filosofía del materialismo que impera en la sociedad prefabricada de la que formamos parte nos ha conducido a una situación en la que a la vez que millones de personas pierden sus empleos, algunas de las empresas más poderosas logran beneficios históricos.

Félix perdió el suyo; también la vida. Y, como Mohamed, a lo bonzo.

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